Felicitación sueca en 3D

Escrito por Carlos Lanz Hernández-García.

 

Estoy organizando el archivo filatélico de un compañero fallecido, como os podéis imaginar el asunto tiene su enjundia, su mujer, también buena amiga, estaba desbordada. El caso es que hemos empezado por las postales, mi amigo Jesús como buen filatélico y coleccionista, compraba de todo, esto quiere decir que no solo estaba enfermo físicamente, sino que encima tenía el virus del coleccionismo “metido hasta el esternón”.

Ahora además de intentar poner sus colecciones en valor, disfruto una vez a la semana de una tarde de archivo filatélico y me lo estoy pasando genial. Espero que él lo vea.

Estamos organizando postales de todo el mundo: primeramente, separamos las más antiguas y entre estas ha aparecido la felicitación que muestro a continuación:

Como podéis ver es una imagen con relieve muy bonita en la que se felicita a los abuelos de la familia de forma manuscrita. El sistema de tres dimensiones parece que ya tenía sus seguidores en los años treinta.

La curiosidad viene en el reverso, es una tarjeta postal usada en 1932. A lo que me refiero es que no es una tarjeta de felicitación que se ha convertido en una postal, sino que es claramente una postal con forma de libro que tiene una felicitación en su interior.  Me llama la atención no haber visto este sistema en España.  Igual si existe, pero yo no lo había visto.

Me imagino la ilusión con que recibirían la postal los abuelos destinatarios.

Esta es actualmente la parte de la filatelia que más me interesa y que si somos un poco espirituales nos daremos cuenta de que no hay nada negativo en un mensaje así.

 

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Huelva y el monumento a Colón

Escrito por Manuel Guadalupe González García.

En 1927 la «Columbus Memorial Foundation» decide encargar y financiar la construcción de un monumento a Cristóbal Colón (monumento que donarían a la ciudad de Huelva) a través de una suscripción popular en la que cientos de estadounidenses (y entre ellos las familias más conocidas del país) contribuyeron para que la escultura fuese una realidad (alcanzó los 300.000 dólares de la época). El encargo se hace a la escultora Gertrude Vanderbilt Whitney.